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EL PINTOR DE CRACOVIA

Amor en un campo de concentración

Los libros producen en sus lectores distintas emociones. Generan placer o aburrimiento, pena o alegría. Uno se los bebe o los sigue con displicencia y, finalmente, los abandona. Muy pocos tienen sólo las características positivas que andamos buscando: belleza literaria, emoción, dolor, tragedia, alegría, más dolor, humor, más dolor, terror y, finalmente, esperanza. El pintor de Cracovia, del dibujante Joseph Bau, superviviente de la Shoá, es uno de ellos.

Los libros producen en sus lectores distintas emociones. Generan placer o aburrimiento, pena o alegría. Uno se los bebe o los sigue con displicencia y, finalmente, los abandona. Muy pocos tienen sólo las características positivas que andamos buscando: belleza literaria, emoción, dolor, tragedia, alegría, más dolor, humor, más dolor, terror y, finalmente, esperanza. El pintor de Cracovia, del dibujante Joseph Bau, superviviente de la Shoá, es uno de ellos.
Stephan Shayevitz: SHOA 3 (DETRESSE).
Bau nos cuenta en esta magnífica obra autobiográfica su historia y la de su familia desde la entrada de los nazis en su ciudad natal hasta que las tropas rusas lo liberan del campo de exterminio de Gross Rosen. Aunque también sabemos de su vida posterior en Israel, y de su vuelta a Europa para testificar en el juicio contra el verdugo de su familia.
 
Quien haya visto La lista de Schindler, de Steven Spielberg, recordará una boda en el campo de exterminio de Gross-Rosen bajo la protección del empresario alemán que da nombre a la histórica cinta. Eran Joseph y su mujer, supervivientes de otro campo aún más terrible, el de Plaszow, gracias a aquella lista salvadora.
 
Hay que situarse en Cracovia y, quien no haya estado allí, imaginarse esa ciudad polaca que parece sacada de un cuento de hadas, cargada de gótico y barroco, cuyo espíritu centroeuropeo atrajo a numerosos pueblos, entre ellos el judío, que erraba por aquellas tierras buscando paz y entregando trabajo y conocimientos.
 
Daremos con la familia burguesa de Joseph Bau y con sus vecinos, cristianos y judíos, habitantes de un lugar de tranquila convivencia hasta que llegaron los nazis, como resultado de los acuerdos de Hitler con Stalin, y la política de apaciguamiento de las potencias europeas, especialmente Francia y el Reino Unido.
 
Allá lejos, al sur, está España, con su guerra civil, en la que se enfrentan los dos totalitarismos del momento, la acción y reacción de dos fuerzas simétricas que, sin embargo, habían acordado repartirse el viejo país de los polacos.
 
Nada más ocupar Alemania su parte de Polonia, los nazis comienzan a crear guetos para los judíos. Lo hacen, por ejemplo, en Cracovia, una ciudad entonces de medio millón de habitantes, al sur del país, al lado de la actual frontera con Chequia y Eslovaquia, de la Galitzia ucraniana, y muy cerca de donde había nacido el futuro Juan Pablo II. Joseph Bau nació el mismo año –1920– que el papa polaco; en el seno de una apacible familia de judíos, gentes de bien como los demás, intelectuales, artistas, comerciantes, artesanos, trabajadores de muchos oficios.
 
Al cabo va cerrándose el gueto, y uno, conmovido, es testigo de las emociones de sus habitantes, del bloqueo de puertas y salidas, de las persecuciones; de la angustia del qué va a pasar ahora, entre gritos, culatazos y disparos a quemarropa de aquellos agentes de las SS que deshumanizaban a la gente. Quedaron angustiados supervivientes, que conservaron un mayor o menor nivel dignidad, pues para mantener la vida hubo quien se volvió esclavo voluntario de los nazis.
 
Joseph y su hermano consiguen una cama lejos del gueto, en casa de un cristiano que explota el poco capital que le queda a la familia. La lectura de las páginas referidas a esta experiencia muestra hasta dónde llega la baja calidad de muchos seres humanos, que aprovechan las desgracias de los otros. Pero eso no es lo peor, porque habrá gentes peores entre los propios judíos, como se verá después.
 
Joseph sobrevive y ayuda a su familia arruinada con pequeños negocios que imagina su hermano Iziu, mientras su padre (Abraham) y su madre (Tzilah) ven cómo todo se derrumba a su alrededor: siglos de saber, de tradiciones judaicas, de grandes historias, desapareciendo por sumideros que llevaban irremisiblemente a la muerte.
 
Detalle de la ilustración con que se ha compuesto la portada de la versión española del libro de Bau.Bau narra la destrucción de seres humanos, sus angustias, sus ideas para sobrevivir, y poco a poco va llevándonos hacia el destino final del gueto: el campo de exterminio de Plaszow, que dirige uno de los seres más crueles y malvados del nazismo, Amon Goeth, que asesina al padre de Joseph en 1943. A Iziu ya lo habían matado en el gueto de Cracovia. Tzilah morirá en Bergen-Belsen en 1945.
 
Muy pocos libros narran la vida de los campos de concentración y exterminio tan vívida y gráficamente como El pintor de Cracovia, en cuya portada se ve gente haciendo cola ante un horno que expulsa por la chimenea humo con forma de gente. Es uno de los dibujos de Joseph, que se sirve de ellos y de la poesía para plasmar sus emociones.
 
Sin odio, Joseph cuenta historias de degradación humana de las que sólo pueden darse en situaciones como las vividas en los campos de exterminio: sus narraciones sobre los kapos, sobre judíos que para sobrevivir servían a los nazis, son escalofriantes e irritantes. Por eso la situación que él y su hermano vivieron con el cristiano que los alojó por un tiempo no es la peor.
 
Casi todos hemos oído hablar de Auschwitz, Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen, Lublin, pero ese campo de Plaszow aparece descrito, dibujado y explicado por Bau de manera que el lector lo vive, lo palpa, lo sufre. Solamente por eso ya debería leerse el texto: nos enseña lo heroicos y malvados que podemos llegar a ser los seres humanos. Lo hace con belleza formal, literaria y artística, y con unos artificios técnicos verdaderamente notables: El pintor de Cracovia, además de contener excelente literatura, es de una expresividad artística total. Buena parte del mérito de su belleza en esta edición española es responsabilidad de su traductor, Antonio Golmar, que, como ya han reseñado diferentes cronistas y críticos, ha un hecho trabajo magistral, pleno de sensibilidad.
 
En fin, he aquí una lectura necesaria para recuperar trozos del alma, de dolor y amor, que vamos perdiendo en nuestra apacible vida contemporánea.
 
(Joseph Bau y su mujer, Rebecca, emigraron a Israel en 1950. Él abrió un estudio de pintura y dibujo, y luego se dedicó al cine de animación en Tel Aviv: se le llegó a conocer como el Walt Disney israelí. Murió en 2002. Rebecca, en 1997).
 
 
JOSEPH BAU: EL PINTOR DE CRACOVIA. Ediciones B (Barcelona), 2008, 288 páginas.
 
Pinche aquí para acceder al blog de MANUEL MOLARES DO VAL.
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