Bailando al retintín de su alborozo, tuvo una intensa vida social y una frenética actividad sexual, y acabó redactado fragmentos de una inacaba novela con relámpagos de elocuencia donde aún persistía el rescoldo de las raíces perdidas, de los jugos del terruño.
Su temprana muerte, a los sesenta años, representó una gran pérdida para la literatura americana, pero no para aquellos que él consideró sus amigos. Dejó unos cuentos memorables y unas breves novelas no menos seductoras, en las cuales mostró una maravillosa intuición para llegar al corazón de sus historias.
Y bien, ahora acaban de publicarse sus Cuentos completos. Veinte relatos tejidos sobre los pliegues del lenguaje y una tierna mirada sobre el retablo entorno, el de los perdidos días azules de la infancia, y cuya lectura tiene el don de suscitar emociones con el consentimiento de la razón. Ciertamente, es difícil leerle sin admirarle.
Figuran en estas hospitalarias páginas, naturalmente, sus mejores y celebrados cuentos, como, entre otros, 'Miriam', 'Un árbol de la noche', el hermoso 'Un recuerdo navideño' y otros de rara intensidad, como 'Mojave' y 'El invitado del Día de Acción de Gracias'.

Asimismo, hallamos aquí un cuento hasta ahora inédito, '
La ganga', escrito en 1950, y, para los lectores en lengua española, cinco relatos hasta ahora no traducidos:
'Las paredes estaban frías',
'Un visón propio',
'La forma de las cosas',
'La leyenda de Preacher' y
'En los umbrales del paraíso'.
Estos cuentos, digámoslo desde ya, están a la altura de sus piezas más conocidas y valoradas. Son pequeñas obras maestras de percepción y sencillez. En ellos Capote encontró las voces exactas para expresar el abanico de sus intereses y, así, desvelar apariencias y desencantos, tocar el patetismo y la ternura, pasearse por el realismo y lo grotesco cómodamente. Sus cuentos (el género del futuro, como dice William Boyd) tienen, hablando de la tristeza, del orgullo o de la humildad, poderosa elocuencia.
Tantas breves narraciones perfeccionadas con refinamiento artístico lo sitúan en los lugares más elevados, junto a Hemingway, por ejemplo (quien, dicho sea de paso, despreciaba a Capote), sobresaliendo en primera línea entre los cuentistas americanos del siglo XX.
En estos relatos está lo mejor de su arte límpido, de salvaje belleza, cuando vivía lejos del mundanal ruido y los equívocos de la fama y su única vanidad era atrapar las palabras justas, palabras como cantos rodados, y pintar personajes memorables (figuras pintorescas, viejecitas entrañables), y nada se interponía entre su imaginativa mente y el mundo, salvo el dolor personal del artista musitado quedamente para sí mismo.
Truman Capote, Cuentos completos, Barcelona, Anagrama, 2004, 336 páginas.