![]() | Cracovia. Febrero de 1947. Rudolf Höss: "Respecto a que el gran público continúe considerándome una bestia feroz, un sádico cruel, el asesino de millones de seres humanos: las masas no podrán tener otra imagen del ex comandante de Auschwitz. Nunca comprenderán que yo también tenía corazón..." (Yo, comandante de Auschwitz, pág. 179).
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Hitler hablaba de la "construcción del Estado social del pueblo", de un "Estado social" que supuestamente existiría algún día y en el que "se derribarían todas las barreras sociales".
A ese respecto, Hitler ("nuestro canciller del pueblo") había impartido desde muy pronto la máxima: "Alemania será tanto más grande cuanto más fieles le sean sus ciudadanos más pobres" (Aly, La utopía nazi, pp. 10 y 20).
No había Dios en Auschwitz. Las condiciones eran tan horribles que Dios decidió no ir allí. No rezábamos porque sabíamos que eso no serviría de nada. Muchos de los que sobrevivimos somos ateos. Simplemente no confiamos en Dios (Linda Breder, en Laurence Rees, Auschwitz, pág. 409).
Rudolf Höss, oficial de las SS y comandante de Auschwitz, apresado por los británicos y ajusticiado por el gobierno polaco en la horca instalada frente a la que fue su casa en el campo de Auschwitz I, escribe durante su cautiverio una suerte de confesión del mayor valor histórico. Independientemente de que se les dé crédito o no, aunque conviene tener en cuenta que tan poca rentabilidad podía sacar al intento por mentir como dudas podía tener acerca del final que le esperaba, sus palabras ofrecen una visión transparente de lo que supuso el procedimiento administrativo del exterminio de los judíos. Y es que el exterminio fue un proceso burocrático. No debe sorprender por ello que el relato de Höss aborde la matanza de judíos en Auschwitz con el carácter aparentemente inevitable de un automatismo puesto en marcha, de un engranaje inconsciente que opera en conexión con un sistema complejo, una especie de mecano impulsado por un Dios ausente. Él, como tantos otros funcionarios del Estado nacionalsocialista, se considera a sí mismo un eslabón de la cadena, y lo expresa con frialdad consecuente, con ese anonimato característico del burócrata incrustado en la cadena de montaje del sistema:Cuando nos enteramos de que pronto se procedería al exterminio masivo de los judíos, ni yo ni Eichmann estábamos informados sobre los métodos que se emplearían; sólo sabíamos que sería gas, pero no qué gas ni cómo se utilizaría. Ahora teníamos el gas y habíamos encontrado la manera de usarlo. Pensando en mujeres y niños, siempre imaginaba con horror los fusilamientos que se producirían. Estaba cansado de las ejecuciones de rehenes y diversos grupos de detenidos, ordenadas por Himmler o algún dirigente de la administración policial. Sin embargo, estaba tranquilo: ya no asistiríamos a esos "baños de sangre", y a las víctimas se les ahorraría la angustia hasta el último momento. Eso era lo que más me inquietaba al pensar en las descripciones que Eichmann me había hecho de las matanzas de judíos a manos de los "comandos operacionales", armados con ametralladoras y carabinas automáticas. En esas ocasiones se habían producido escenas espantosas: heridos que trataban de huir mientras se remataba a otros, sobre todo mujeres y niños; soldados del comando, incapaces de soportar esos horrores, que se suicidaban o enloquecían, cuando la mayoría se alcoholizaba para olvidar su espantosa faena (pág. 141)
Yo era una inconsciente ruedecilla en la inmensa máquina del Tercer Reich. La máquina se rompió, el motor desapareció: y yo debería hacer otro tanto. El mundo así lo pide (pág. 178).
El amable consuelo de condenar sin más el nazismo como producto demoníaco no hace sino oscurecer el análisis y tranquilizar conciencias. Resulta filosóficamente irrelevante, políticamente ocioso, históricamente superfluo juzgar a Höss como sujeto moral. Importa diseccionar los mecanismos del sistema de exterminio, del que Höss es una pieza más (llega a declarar, sea cierto o no, que nunca supo nada de muchas cosas de las que sucedían en el campo, cosas que él hubiera censurado o impedido: pág. 176) y ver hasta qué punto no son una anomalía de la modernidad sino acaso su conclusión lógica (tal es básicamente la tesis de Zygmunt Bauman en su obra Modernidad y Holocausto), la que se deriva de su inercia si los resortes de coerción materiales que constriñen el poder no son lo suficientemente sólidos.En ese momento debería haberme presentado ante Eicke o el Reichsführer de las SS y declarar que no me consideraba apto para servir en un campo de concentración, ya que me identificaba demasiado con los prisioneros.
Sin embargo, no tuve el valor de hacerlo, pues no quería descubrir mi estado de ánimo y confesar mi debilidad, y era demasiado obstinado para reconocer abiertamente que me había equivocado al renunciar a mis actividades agrícolas.
Tras unirme voluntariamente a las SS, me había habituado demasiado al uniforme negro para renegar de él. Si me hubiera confesado demasiado "blando" para realizar el trabajo que se me exigía, eso hubiese significado inevitablemente mi exclusión o, en el mejor de los casos, una destitución definitiva. Y era algo a lo que no podía hacer frente.
Me debatí mucho entre la convicción personal y la fidelidad al juramento que había prestado a las SS y al Führer (pág. 69).
Sin embargo, al seguir prestando servicio en el campo de concentración, aceptaba las ideas y las normas allí vigentes (pág. 70)
No podía reflexionar: tenía que ejecutar la consigna. Mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos.
(...)
Tras mi detención, me han señalado varias veces que podía haber objetado a la ejecución de esa orden o bien, llegado el caso, asesinado a Himmler. No creo que tal idea haya podido ocurrírsele a uno solo de los miles de oficiales de las SS. Imposible, impensable. De hecho, muchos oficiales de las SS criticaron la orden, especialmente severa, de Himmler. Protestaron, refunfuñaron; sin embargo, no hubo un solo caso en que se negaran a obedecer (págs. 138-139).