![]() | En los escritos de la recia y candorosa Thérèse de Lisieux, a la par que se va poniendo de manifiesto su camino, se deja ver todo un titánico esfuerzo por deconstruir la falsa religiosidad, aquella que ha jibarizado la fe evangélica a base vivirla de una manera meramente veterotestamentaria.
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A lo largo de las páginas del libro, el que fuera director del diario El Debate aparece como prototipo del ciudadano cristiano; y lo es porque, en todos los momentos de su vida, tanto en su faceta como periodista hasta cuando accedió al cardenalato, encarnó constantemente la doctrina de León XIII de fidelidad al poder establecido, sin por ello dejar de ser crítico ante las leyes injustas. Esta faceta de Ángel Herrera le sirve al autor como espejo en el que ver a la sociedad española y, mediante el contraste con el personaje central, ir mostrando muchas de las quiebras de la vida nacional. Ante el modelo de vida ciudadana desfilan Azaña, Luca de Tena, Gil Robles, Bergamín, Zubiri, Laín Entralgo, Ortega... y también la propaganda política, la ACNP, el Ya, etc.¿Para qué estas bobadas? El pueblo no las necesita.
Esto que el bruto inmundo detesta tanto como a Dios, es la belleza.
Al fuego las grandes bibliotecas, Leviatán de nuevo se desploma y los rayos del sol lo convierten en estiércol y humus.
Ante estas bocas que nos preguntan, ante todo esto era muy difícil guardar la compostura.
Y cabría preguntarse, como a ello nos invita Maestre, dónde estamos ahora.
¿Y este libro fracasará? ¿Cómo habrá que leer el título de este artículo, como genitivo subjetivo u objetivo? Desde luego, creo que puede ser un texto polémico, pues no pocos frentes son los que, en él, el autor tiene abiertos. Pero también puede caer en el silencio. Sería una lástima que unos lo ignoraran por no ser cristianos y otros por hablar de la ciudadanía; es fácil escudarse, bien en el frecuente uso estilístico de la hipérbole o la afirmación tajante, bien en lo discutible que hay en él para ponerlo entre paréntesis. Pero ni polémica ni vacío creo que sean las respuestas más inteligentes. La cuestión central sobre la configuración de la ciudadanía y del cristiano en el ámbito público, que el libro plantea, es lo suficientemente grave como para que la tomen en serio cristianos, agnósticos, ateos... y también los de otras religiones.
Y el autor, además del diálogo con los que con él quieran conversar sobre estas cuestiones, creo que está llamado a dar el paso que él mismo propone: la convergencia de Herrera y Ortega. Acaso el guiño que hace a Julián Marías, como personalización de ese abrazo, se convierta en un próximo libro.
En los albores del cristianismo, en la Carta a Diogneto se dice:
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. (...) Habitan ciudades griegas y bárbaras según le correspondió a cada uno; y, aunque siguen los hábitos de cada región en el vestido, la comida y demás género de vida, manifiestan –y así es reconocido– la admirable y singular condición de su ciudadanía. Todos ellos viven en sus respectivas patrias pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos pero lo soportan todo como extranjeros. (...) Lo que es el alma en el cuerpo son los cristianos en el mundo. El alma está difundida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos, por las ciudades del mundo. El alma vive en el cuerpo pero no tiene su origen en el cuerpo; los cristianos viven en el mundo pero no tienen su origen en el mundo.