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ESCRITOS HISTÓRICOS Y POLÍTICOS

El testimonio de Simone Weil

Nacida en el seno de una familia judía agnóstica, la vida y obra de esta mujer es uno de los grandes estímulos para comprender nuestra época. Durante la última parte de su vida, seguramente sólo fue capaz de entenderse intelectualmente con sacerdotes católicos.

Nacida en el seno de una familia judía agnóstica, la vida y obra de esta mujer es uno de los grandes estímulos para comprender nuestra época. Durante la última parte de su vida, seguramente sólo fue capaz de entenderse intelectualmente con sacerdotes católicos.
Simone Weil.
Su obra es imposible de entender sin el cristianismo. Pensadora profundamente religiosa, no llegó a bautizarse por no considerarse digna de tal grandeza. Más que mística, fue una pensadora religiosa: sin la palabra divina, decía, es imposible entender el mundo.
 
Recorre la obra de Weil una voluntad de verdad sólo comparable a la de los clásicos. A veces relata lo real como si de un nuevo Homero se tratara. Estos estudios históricos y políticos que hoy comentamos producen en el lector una sensación extraña de objetividad. Weil nos cuenta tanto la historia de los buenos como la de los malos con mirada limpia, o sea, tan alejada del marxismo como del anarquismo.
 
Sí, todo parece al margen de lo peor de las ideologías. Desideologizada es, pues, su crítica al comunismo y al nazismo. Crítica ejemplar es su comparación entre el comunismo y el nacionalsocialismo:
Por sorprendente que pueda parecer, se encuentran semejanzas tan sorprendentes entre el movimiento hitleriano y el movimiento comunista que después de las elecciones la prensa hitleriana ha tenido que dedicar un largo artículo a desmentir el rumor de conversaciones entre hitlerianos y comunistas con vistas a un gobierno de coalición.
Tres grandes ideas vertebran su pensamiento: sólo es posible pensar de verdad a contracorriente (de ahí que su pensamiento sea, en sus propias palabras, "herético en relación con todas las ortodoxias"); nada es compresible intelectualmente si no pasa por nuestra constitución ontológica: el sufrimiento; quien desprecia la religión no sólo se instala en el oscurantismo, sino que trabaja a favor del totalitarismo. A la luz de estas tres notas, resultaría demasiado fácil criticar a muchos de los que se engalanan con citas de la filósofa; pero incluso en manos de esta gente la gran pensadora francesa consigue sobrevivir con dignidad en España.
 
Sus críticas a la idea de revolución y "progreso" –especialmente al industrialismo–, a la actividad política y sindical de los partidos comunistas y a la socialdemocracia compiten en inteligencia con su interés por que la educación de los trabajadores en las fábricas sea prioritaria sobre la visión marxista de la lucha de clases. Son relevantes sus lecturas de los trágicos griegos y de la Iliada , así como sus análisis históricos, de la mano de Maquiavelo, sobre la "lucha de clases" en la Florencia del siglo XIV.
 
Lugar relevante ocupa en este libro la experiencia de Weil en la guerra civil española. Aquí hallamos unos textos de incalculable valor, especialmente la carta que dirige a Bernanos, para criticar a quienes no dejan de mitificar aquel conflicto con el objeto de estigmatizar al adversario político contemporáneo.
 
Con los textos de Weil, comprobamos que España vivía antes del 18 de julio de 1936 una situación de violencia prerrevolucionaria, muy lejos de la idea de una república burguesa plenamente asentada en un ejemplar Estado de Derecho.
 
A pesar de la violencia que soportaba la nación española, la fuerza de la propaganda republicana convirtió el Alzamiento en un acto singular y único de criminalidad, surgido de la mente perversa de unos pocos, contra una república idílica y pacífica. La realidad muestra lo contrario: que el Alzamiento, el golpe de Estado, surgió en un contexto de violencia revolucionaria generalizada y obtuvo el respaldo de millones de españoles.
 
Los voceros de la propaganda republicana cuestionan la realidad apelando a múltiples formas de engaño. Un elemento central de esa propaganda consiste en resaltar que los intelectuales estuvieron con el Gobierno de la República. Como dijera la entonces voluntaria anarquista Simone Weil, después del 19 de julio, la mentira organizada también existe... Las meditaciones ingratas sobre esa propaganda son aún hoy escalofriantes. La ocultación del crimen por una extrema ideologización de los revolucionarios republicanos es denunciada por Weil ya en 1936.
 
En efecto, después de haber participado en los primeros meses de la guerra como voluntaria en el bando republicano, concretamente en el frente de Aragón, Weil regresa a Francia consternada por lo visto y oído en los campos de batalla y en la retaguardia. Su crítica no se dirige a los comunistas y socialistas, que aplicaban los mismos métodos que Lenin en Rusia durante la guerra civil para imponer la revolución, sino a sus compañeros anarquistas:
¿Con qué nos encontramos en Cataluña? Por desgracia también aquí vemos producirse formas de coacción, casos de inhumanidad directamente contrarios al ideal libertario y humanista de los anarquistas (...) Aquí se da la coacción militar. A pesar de la afluencia de voluntarios, se ha decretado la movilización (...) Hay constricciones en el trabajo. El consejo de la Generalitat, en el que nuestros camaradas detentan los ministerios económicos, acaba de decretar que los obreros que no produzcan con un ritmo determinado serán considerados como rebeldes y tratados como tales; lo cual significa, ni más ni menos, la aplicación de la pena de muerte en el sector de la producción industrial.
 
Por lo que atañe a la coacción policial, la policía anterior al 19 de julio ha perdido casi todo su poder. Por el contrario, durante los tres primeros meses de la guerra civil, los militantes responsables y, con demasiada frecuencia, algunos individuos irresponsables, han venido ejecutando fusilamientos sin mediar el más mínimo simulacro de juicio y, por lo tanto, sin que pudiera darse algún control sindical o de cualquier otro orden. Sólo hace algunos días que se han instituidos tribunales populares destinados a juzgar a los rebeldes o presuntos rebeldes (...) Por lo tanto, después del 19 de julio, la mentira organizada también existe...
Pensar esa mentira organizada, esa terrible propaganda revolucionaria, fue el principal impedimento que halló Weil para regresar al frente, según confesó ella misma en una extraordinaria carta que dirigió a Bernanos. Éste había escrito una magnífica obra sobre España, quizá la primera gran reflexión europea sobre nuestra guerra civil, Los grandes cementerios bajo la luna, que hizo pensar de esta manera a la escritora francesa:
Abandoné España a mi pesar y con la intención de regresar; más tarde no hice nada, tras decidirlo así voluntariamente. No sentía ninguna necesidad interior de participar en una guerra que ya no era, como me había parecido en un principio, una guerra de campesinos hambrientos contra los propietarios de las tierras y un clero cómplice de los latifundistas, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia.
 
He reconocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende vuestro libro; yo lo había respirado (...) Una última historia; ésta de la retaguardia: dos anarquistas me contaron en una ocasión cómo, con algunos camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; mataron a uno allí mismo, en presencia del otro, de un pistoletazo, y luego le dijeron al otro que podía irse. Quien me contó la historia se extrañó enormemente de no verme reír.
 
En Barcelona las expediciones de castigo mataban a una media de cincuenta personas cada noche (...) Mas las cifras no pueden ser lo esencial en casos así. Lo esencial es la actitud ante el asesinato. Nunca vi, ni entre los españoles, ni tampoco entre los franceses venidos ya para combatir, ya para pasearse –estos últimos solían ser intelectuales tiernos e inofensivos–, jamás vi –decía– a nadie expresar ni tan siquiera en la intimidad una muestra de repulsión, hastío o desaprobación (...) Hombres aparentemente valerosos (...) contaban con una sonrisa fraternal cuántos habían matado entre sacerdotes y "fascistas" (palabra que se utilizaba en un sentido extremadamente lato). Albergué el sentimiento de que, mientras las autoridades espirituales y temporales sigan estableciendo una categoría de seres humanos al margen de aquellos cuya vida tiene un valor, no hay nada más natural para el hombre que matar.
 
SIMONE WEIL: ESCRITOS HISTÓRICOS Y POLÍTICOS. Trotta (Madrid), 2007, 539 páginas.
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