![]() | Dos libros de tema común acaba de publicar el notable pensador argentino y español Carlos Rodríguez Braun: Diez ensayos liberales y una nueva edición del Sobre la libertad de John Stuart Mill.
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Acierta Rodríguez Braun al decir que subrayar la íntima contradicción del ensayo de Mill puede alertarnos sobre las trampas del pensamiento conformista que nos invade. Por un lado, Mill defiende la libertad de los individuos adultos a consumir sustancias intoxicantes por su cuenta y riesgo, rechaza que las autoridades determinen el contenido de la educación impartida a los jóvenes, señala el peligro de que sean estatales las grandes compañías industriales, mercantiles o de servicios, ataca las barreras arancelarias y las limitaciones de la libre competencia, critica los obstáculos legales con que se enfrentan las mujeres, se opone a los impuestos progresivos sobre el ingreso, defiende la libre disposición de la riqueza acumulada por el trabajo personal, expresa el temor de que las democracias puedan ser opresivas y, sobre todo, utiliza toda su batería argumental contra cualquier limitación de la expresión y crítica de las ideas. Mas, por otro lado, aceptó o propuso graves limitaciones de la libertad individual: la plena propiedad no se extendía para él a la tierra, el Estado podía hacer obligatoria la enseñanza de los niños, multiplicó los casos en los que cabía la suspensión de la regla de libre competencia, defendió la protección de las industrias nacientes en países atrasados, quiso retirar a las familias la decisión del número de hijos que tener, propuso limitar el patrimonio que uno pudiera recibir en herencia, se mostró favorable a experimentos socialistas y cooperativistas, adoptaba posturas elitistas frente al vulgo y, por ello, presentó el matrimonio, la religión, las tradiciones y la moral recibida como obstáculos para la libertad individual.
El eclecticismo de Mill es el resultado de mezclar aguas de dos fuentes mal avenidas: el utilitarismo y el romanticismo. La filosofía utilitarista parte de dos ideas fundamentales: que las libertades individuales no preexisten al Estado, sino que son criaturas de la ley, y que el criterio de actuación política es la mayor felicidad del mayor número de ciudadanos. El peligro de esta filosofía estriba en la conclusión de que la legislación formalmente acorde con las reglas democráticas es la que los individuos han de aceptar si son buenos ciudadanos, y que la conveniencia de las intromisiones públicas en las libertades individuales ha de calcularse en cada momento según el saldo neto de sus consecuencias. Esta filosofía explica el crecimiento, al parecer imparable, del Estado moderno.El gran principio conductor hacia el que converge directamente cada argumento desarrollado en estas páginas es la absoluta y esencial importancia del desarrollo humano en toda su diversidad.
La razón no puede desear para el hombre ninguna otra condición que aquella en la que cada individuo no sólo goza de la más absoluta libertad de desarrollarse por sus propias energías, en su perfecta individualidad, sino también aquélla en la que la naturaleza externa (…) sólo reciba la impronta que le dé cada individuo, (…) a medida de sus deseos e instintos, restringido solamente por los límites de sus poderes y derechos.