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'EN LA MITAD DE MI VIDA'

María San Gil: así es ella

Conocí personalmente a María San Gil hace muchos años, cuando yo dirigía La Mañana del Fin de Semana en la COPE y ella estaba en pleno apogeo político como presidenta del PP vasco. Pese a lo que podría imaginar el lector que conozca mi profunda admiración y cariño por esta persona, ese primer encuentro tuvo su origen en un episodio más desafortunado que agradable.


	Conocí personalmente a María San Gil hace muchos años, cuando yo dirigía La Mañana del Fin de Semana en la COPE y ella estaba en pleno apogeo político como presidenta del PP vasco. Pese a lo que podría imaginar el lector que conozca mi profunda admiración y cariño por esta persona, ese primer encuentro tuvo su origen en un episodio más desafortunado que agradable.

Normalmente es difícil conseguir que los políticos te atiendan, pero si encima pretendes que lo hagan un domingo a las 8 de la mañana la cosa se complica todavía más. Un fin de semana cualquiera, de esos en los que recibes todas las excusas posibles de políticos a los que no les apetece madrugar, pedí a mis compañeros de producción que tratasen de concertar una entrevista con San Gil. La respuesta de su gabinete fue la misma negativa que me dieron tantos otros. Así que yo, ni corto ni perezoso, aproveché los micrófonos para poner a caldo esa mañana a la clase política en general, vaga en particular. La verdad es que en ese momento de ira radiofónica no pensaba precisamente en San Gil, sino en algunos compañeros suyos, que no citaré porque no viene al caso. El hecho es que yo me quedé a gusto y la cosa parecía que se había quedado ahí.

Sin embargo, meses después recibí la llamada de una colaboradora de la presidenta del PP vasco que me pedía que acudiera a un desayuno informativo que daba la dirigente donostiarra en Madrid: San Gil quería verme. Acudí a la cita un tanto desconcertado porque en ningún momento asocié la convocatoria con el episodio que les he relatado anteriormente. Por eso, cuando con su característica sonrisa María me recibió, a mí, un periodista de tercera, con un "Tú y yo tenemos que hacer las paces", me di cuenta de que la persona que estaba conociendo no era precisamente lo que yo entendía era un político al uso en España. Traté de explicarle que ella no era el destinatario de aquellos reproches y que, por supuesto, estaba en su derecho de decidir a quién concedía una entrevista y a quién no. Pero de nada sirvió. Resulta que había escuchado la COPE aquella mañana y se sentía en la obligación de explicarme que los domingos, a esas horas intempestivas, hacía los deberes con sus hijos, pero que si yo quería estaba dispuesta a concederme una entrevista. Y así lo hizo.

Con el paso de los años, el bochorno que me provoca recordar esta anécdota no sólo no disminuye, sino que aumenta. Sólo a un cretino como yo se le ocurre hacer reproche alguno a alguien que, después de pasarse toda la semana defendiendo la democracia de los españoles en territorio hostil, dedica las mañanas de los domingos a estar con sus dos hijos. Y encima va y te pide perdón. Sencillamente, así es ella. Por eso he querido empezar esta reseña con un episodio que no encontrarán en este libro, pero que a lo mejor les sirve para entender el porqué de muchas de las cosas que se cuentan en estas 329 páginas que es imposible que les dejen indiferentes.

He de decir que, al contrario que a otra gente, la parte que más me ha interesado ha sido aquella en que la autora entra de lleno en su faceta más personal. No oculto que siempre he querido saber cuáles han sido las vigas maestras sobre las que se ha edificado la integridad de María. Ya puedo decir que las conozco.

Antonio San Gil es uno de esos cimientos. Un librepensador que siempre andaba con un libro en la mano pero que respondía con un "No sé leer" cada vez que un proetarra le daba un panfleto en la calle. Una persona que dejó de salir con su tamborrada porque entendía que no se podía uno ir de fiesta tras cerrar una fábrica con ochenta obreros. Ojalá los que nos gobiernan supieran lo que se siente al despedir a una persona que no se lo merece. A lo mejor así se lo pensaban dos veces antes de tomar muchas de las decisiones que nos han llevado hasta donde estamos.

El otro pilar es la señora Noain, su madre, a la que María siempre encontraba llorando en la cocina después de cada asesinato de ETA. Si defender la libertad en el País Vasco sigue sin ser plato de gusto, no imagino lo que sería en los años ochenta, cuando la madre de María se acercaba con sus hijos a dar el pésame a los compañeros de los guardias civiles caídos en aquellos años de plomo.

Que alguien diga que una de las cosas que más ha echado de menos durante estos años es el poder ir a votar junto a su marido y sus hijos tal y como hacía de joven con sus padres y hermanos nos sirve para entender hasta qué punto las raíces de la Democracia, con mayúsculas, están arraigadas en esta mujer. Lo malo es que ahora, cuando está fuera de la política y se supone que puede cumplir lo que proclamaba su hermano cuando eran jóvenes: "La familia que vota unida, permanece unida", no sé si hay alguien que se merezca su voto.

Y es aquí donde entramos en la última parte del libro. Resulta curioso que, siendo ETA y los años de plomo los protagonistas de los primeros capítulos, sean casi más desagradables para el lector –al menos para mí– las páginas en las que la expresidenta del PP vasco relata cómo pasó de ser la elegida, en un primer momento, por Mariano Rajoy para acompañarla de número dos en las elecciones de 2008 a convertirse en una apestada dentro del partido de los apestados en el País Vasco.

Hay quien ha lamentado que pase de puntillas por el comportamiento tan rastrero que tuvieron muchos de los que eran y son –San Gil todavía es militante del PP– sus compañeros de partido. Y es verdad que ha obviado los nombres de quienes protagonizaron los actos más siniestros. Si ella no ha querido recordarlo, no seré yo el que evoque cómo el que fuera uno de sus hombres de confianza, Leopoldo Barreda, se echó en los brazos de María Antonia Iglesias –insigne defensora del PP, como todo el mundo sabe– para acusarla de una serie de infamias que fueron desmentidas por varios diputados populares. María era aún la jefa del PP vasco. Bien podía nuestra autora haber identificado con nombres y apellidos a los que usaron el cáncer que padeció y el asesinato de Gregorio Ordóñez para decir que había perdido la cabeza. Podía haberlo hecho... pero no lo hizo. Haya sido por elegancia, por temor a nuevos ataques desde el PP o porque, como ella dice, no sirve para "pelear con los de casa", esa ha sido su decisión. De ahí que se limite a hacer un relato cronológico de los hechos, sin recurrir demasiado a los calificativos y descartando el ajuste de cuentas. Algo que, en mi opinión, le da mayor crédito y valor a la frase con que resume lo que ocurrió en las semanas previas al congreso de Valencia donde Mariano Rajoy fue confirmado como presidente del PP:

Ése ya no era mi PP.

En la mitad de mi vida está siendo uno de los éxitos editoriales de la temporada; pero tendrá que esperar unos años a sus dos lectores más importantes, Ínigo y Luisa: entonces, cuando pregunten a su madre cómo fue la primera mitad de su vida, María les leerá la primera frase de la página 9, que dice:

Este libro es para vosotros.

 

MARÍA SAN GIL: EN LA MITAD DE MI VIDA. Planeta (Barcelona), 2011, 344 páginas.

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