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25 de Febrero de 2010

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LA NOVELA DEL ADOLESCENTE MIOPE

Mircea Eliade, radicalmente individual

Por Alejandro García Ingrisano

Mircea Eliade.
Decía Mircea Eliade que, al imitar o narrar los actos de un héroe, el hombre abandona el tiempo corriente y entra en el tiempo sagrado. En sus primeras obras, La novela del adolescente miope y Gaudeamus, el pensador rumano se convirtió a sí mismo en héroe. Esos libros, que escribió a una edad muy temprana, narran el tortuoso camino de formación y autodescubrimiento que siguió en su adolescencia y juventud.
El adolescente miope, como podemos adivinar por el título del libro, no es un héroe al uso, pero tampoco un antihéroe. A pesar de ser feo y socialmente inadaptado, su inteligencia y rigor le granjean la admiración de amigos y mujeres, a los que maltrata e ignora. No resulta extraño ver a Eliade tratarse como outsider, máxime si tenemos en cuenta su trayectoria personal, política y profesional. Militó en su juventud en el violento grupo de extrema derecha Guardia de Hierro, a algunos de cuyos miembros critica en la novela. Fue abiertamente filonazi, aunque antirracista, y nunca hizo el acto público de contrición que le exigía la intelectualidad biempensante. En el mundo académico no son pocos los profesores que desprecian sus heterodoxos manuales y estudios sobre los orígenes de la religión.

En este sentido, y en muchos otros, son evidentes los paralelismos con Knut Hamsun, el premio Nobel noruego que, también por sus simpatías hacia el nazismo, "fue castigado duramente y relegado, si no al silencio, sí a una posición muy incómoda dentro de las letras europeas", según explica Juan Soto Ivars, especialista en el autor noruego. Hamsun escribió, además, un libro muy parecido a La novela del adolescente miope. Se trata de Hambre, en la que un joven Hamsun vaga por las calles de Oslo en busca de su estilo literario, algo de dinero... y de sí mismo.

Esas dolorosas y solitarias búsquedas desembocaron en el descubrimiento de firmes principios estéticos y políticos que condenaron al rumano y al noruego a un ostracismo para el que estaban preparados. La marginación que sufrieron los autores durante su vida anónima siguió ahí cuando alcanzaron la fama, y sospechamos que es por eso que las disculpas públicas que esperaban no pocos intelectuales (nada ajenos, a su vez, a los flirteos con un totalitarismo de otro signo) jamás llegaron. La única explicación clara que nos deja Eliade es a través de su obra, y nunca a través de las declaraciones autoinculpatorias que tanto gustan en ciertos círculos.

Adentrándonos en el libro, podemos apreciar las diferencias entre Eliade y Hamsun. Mientras que el noruego amaba la naturaleza y estudiaba con mimo a sus personajes, el rumano se encierra en su hogar y se muestra preocupado sólo por la virilidad, el ascetismo y la acumulación de saber. Desprecia sin embargo a sus profesores y a los académicos, que hoy en día le pagan con la misma moneda, a los jóvenes y sobre todo a las mujeres que le rodean. A diferencia de Hambre, La novela del adolescente miope no parece la inauguración de una carrera novelística, sino un manifiesto que abre el camino de una vida intelectual intensa. Este libro y Gaudeamus parecen una declaración de intenciones de Eliade, tras la cual no hacen falta más rectificaciones o aclaraciones. Llegados al final del volumen, creemos haber asistido a un proceso, al final del cual el autor ya no se permitirá más titubeos.

Sin embargo, no es esta impresión del todo cierta. Militante enfrentado a su organización, nazi que polemiza con las doctrinas del nacionalsocialismo, antropólogo ignorado por la academia; un Eliade en crisis con sus referentes culturales mira, como tantos otros centroeuropeos (Schopenhauer, Hermann Hesse, Carl Gustav Jung) hacia Oriente, en busca de una cultura mística que la vieja Europa, a sus ojos, ha perdido. Tras el tajante final de Gaudeamus, Eliade abandona la redacción de sus memorias durante unos 15 años, y no es hasta la derrota del Eje en la II Guerra Mundial que retoma la escritura de unos minuciosos diarios que ya no interrumpirá, y en los que detalla los desencantos y epifanías que tanto abundan en La novela del adolescente miope. Sus dudas, viajes y estudios de lo espiritual constituyen un proceso constante de exilio interior y exterior, que el propio Eliade comparó con los viajes de Ulises y sobre todo con el sentido del retorno del personaje homérico a Ítaca, lugar de referencia que da sentido al tránsito.

El viaje está lleno de escollos, pero el héroe los supera gracias a su inteligencia y voluntad, y los obstáculos que presentan los demás no son finalmente un impedimento. El héroe continúa su camino, certero o equivocado, pero radicalmente individual.


MIRCEA ELIADE: LA NOVELA DEL ADOLESCENTE MIOPE. Impedimenta (Madrid), 2009, 520 páginas. Traducción de MARIAN OCHOA DE ERIBE.
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