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'LA EDAD DEL UNIVERSO'

'Non ho l'età'

En el principio Dios creó los cielos y la Tierra. Ese principio de los tiempos, de acuerdo con nuestra cronología, recayó en la entrada de la noche que precedió al día 23 de octubre del año 710 del calendario juliano. Es decir, del 4004 antes de Cristo.


	En el principio Dios creó los cielos y la Tierra. Ese principio de los tiempos, de acuerdo con nuestra cronología, recayó en la entrada de la noche que precedió al día 23 de octubre del año 710 del calendario juliano. Es decir, del 4004 antes de Cristo.

Así de preciso se mostraba James Ussher en 1650 al dar cuenta del conocimiento científico sobre el origen del cosmos basado en la exégesis de la Biblia en su Annals of the World. El ser humano había sido capaz de determinar la fecha de la Creación con exactitud de días, horas y minutos.

Hoy la cosmología también hace sus cálculos. Basándose en todos los conocimientos adquiridos durante un par de siglos de avance de la física, los científicos pueden asegurar que el universo tiene 13.700 millones de años con un margen de error de aproximadamente un 1 por 100 (unos 100.000.000 de años, que son equivalentes a un segundo de desviación en las mediciones de Ussher). La certeza de hoy proviene, sin embargo, de la contemplación objetiva de la porción más esquiva y difícil de escudriñar de la naturaleza: los astros.

La ciencia apenas lleva un par de siglos estudiando el cosmos con herramientas modernas. Al contrario de lo que ocurre con otras disciplinas, la astronomía carece de laboratorios experimentales. El biólogo puede encerrar a su cobaya en una jaula y contemplar los cambios que una sustancia produce en la composición química de su sangre. El geólogo puede transportar hasta su estudio muestras de roca y descomponerlas hasta hacerlas polvo para conocer su estructura. El químico puede llenar su redoma de líquidos y sales para contemplar en directo los efectos de una reacción...; pero el cosmólogo no puede atrapar una estrella, no le está permitido obtener una biopsia de una galaxia, tocar la piel de un agujero negro, oler el ácido de una nube de gas y polvo.

La física teórica sólo ha sido posible cuando los científicos empezaron a diseñar con lápiz y papel ecuaciones matemáticas que explicaban los sucesos captados por los telescopios. En cierta medida, cuando pudieron traducir a números la información que porta la luz, en toda su extensión (todas las fuentes de radiación del espectro electromagnético), que es la moneda de cambio de la cosmología.

Estudiando el brillo de las estrellas, el sonido de sus emisiones de radio, la variación en sus radiciones x, gamma, ultravioleta, analizando su posición relativa en el firmamento y comparando estos datos con los ofrecidos por otras ciencias, la cosmología ha diseñado un modelo bastante plausible de la formación del cosmos.

Este libro es un fascinante recorrido, en poco más de 400 páginas, por el modo en el que se ha alcanzado tal logro. ¿Por qué la ciencia de hoy está en disposición de datar la edad del cosmos con un margen de error tan pequeño? Dar respuesta a esta pregunta supone adentrarse en conceptos científicos imprescindibles para conocer la física del siglo XXI. Así, el autor nos ilustra sobre el estudio de la variabilidad de las radiaciones electromagnéticas en función de la velocidad de desplazamiento de una estrella. El efecto Doppler permite determinar si un astro viaja hacia nosotros o en sentido contrario, y cuán deprisa lo hace. El análisis de las formaciones rocosas más añejas de nuestro planeta y de los restos de meteoritos más antiguos arroja una edad de unos 4.700 millones de años, que es compatible con la edad del Sol y, por lo tanto, de todo el Sistema Solar. La comparación de las intensidades luminosas de los astros de nuestra galaxia permite intuir que nuestro sol es una estrella de mediana edad mucho más joven que las enanas blancas más frías que se han detectado en la Vía Láctea. Estas han llegado a un estado físico y químico que sólo es posible si llevan vivas al menos 12.000 millones de años. Pero más evolucionadas que ellas son algunos cúmulos globulares cercanos, que han de tener, al menos, 13.000 millones de años. Hay estrellas, llamadas cefeidas, que flotan a 100 millones de años luz de nosotros y cuyo brillo es tan estable que nos permite determinar cuánto tiempo llevan alejándose del Sol. El cálculo arroja un viaje de, al menos 13.500 millones de años... Y así sucesivamente.

En un relato preciso, lejos de apasionamientos y sencillo, el autor desmenuza todas las pistas que han ido cerrando el rompecabezas de la edad del Cosmos. Un rompecabezas que, sin embargo, aún no está resuelto del todo. Todavía existen regiones insondables para las que la ciencia no tiene respuesta: ¿qué es la materia oscura?, ¿el modelo de expansión del Universo permite aventurar cuál será su futuro? Por suerte, la física no puede permitirse aún, y quizás nunca lo haga, la orgullosa exactitud de Ussher. Lean este libro y déjense sorprender por las incertidumbres más que por las certezas.

 

DAVID A. WEINTRAUB: LA EDAD DEL UNIVERSO. Planeta (Barcelona), 2012, 432 páginas. Joan Lluís Riera.

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