![]() | Desde que hice el elogio de Vida y destino, de Vasili Grossman, al aparecer el libro de Anthony Beevor sobre el autor ruso, muchos lectores me han escrito con la idea de que yo podía orientarles en la búsqueda de un ejemplar de la novela. Cosa decididamente imposible, pasados veinte años de la primera edición. Ahora les respondo: estará en todas las librerías a partir del 18 de setiembre.
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Recuerdo haber leído reseñas de El siglo de las Luces y aun de Cien años de soledad antes de que adquirieran su condición de clásicos. Su aparición fue un acontecimiento que cambió muchas cosas, pero en el momento en que llegaron a las librerías nadie sabía, como suele suceder en la historia, que aquello era un acontecimiento. (A tal punto es esto cierto que Cien años de soledad pasó por las manos de varios ilustres editores, a los que no interesó en lo más mínimo, antes de llegar a las de Francisco Porrúa, en Sudamericana). En el caso de Vida y destino, sí se sabe: su publicación ha sido un acontecimiento en otros idiomas, empezando por el propio, y lo es en español.En la Segunda Guerra Mundial, Grossman había sido corresponsal del periódico oficial del ejército, Estrella Roja, en el frente de Stalingrado y había seguido a las tropas hasta su entrada en Berlín. Stalin murió en 1955 y Kruschev, en el XX Congreso del PCUS, reunido al año siguiente, emprendió lo que en aquella época se llamó, con exagerado optimismo, "el deshielo", proceso que daría título a una novela de Ilya Ehrenburg, íntimo amigo de Grossman, con quien elaboraría el Libro Negro, un muy completo informe sobre la persecución de los judíos por el nazismo en los territorios provisionalmente ocupados por Alemania. En ese clima, ese espejismo que pronto se revelaría tal, y que se cerraría con la caída de Kruschev y el restablecimiento del poder omnímodo de los servicios secretos, prolongado hasta el ascenso de Gorbachov, empezó Grossman a escribir Vida y destino. Lo terminó en 1960, hizo acopio de coraje e ingenuidad, a partes iguales, y lo envió a Novi Mir (Nuevo Mundo), que la mutiló y dio a conocer unos fragmentos adaptados. Los esbirros no tardaron en presentarse en su casa y secuestrar el original completo. Pero Grossman había tomado una precaución: había hecho una copia y se la había entregado a su amigo Semyon Lipkin.Grossman dio su batalla, escribiendo una carta a las autoridades, a la que respondió nada menos que Mijail Suslov, la eminencia gris del breznevismo, el hombre que había derrocado a Kruschev y que más tarde impulsaría las invasiones de Checoslovaquia y Afganistán. Suslov consideraba que la novela no se podría publicar antes de que pasaran dos siglos: era mejor crítico literario que profeta político, porque concedía a la obra la supervivencia de un clásico pero se excedía en cuando a la del régimen. Naturalmente, Grossman se deprimió y el cáncer le encontró con la guardia baja: murió en 1964, convencido de que su libro nunca se editaría.(Lo escribo y se me hace un nudo en la garganta).Entre tanto, Lipkin había conseguido la colaboración de Andrei Sajarov, quien microfilmó el original y le entregó las películas a Voinóvich, que tardaría años en sacarlas del país. Apuestas arriesgadas varias: conservar el texto con la misma responsabilidad y el mismo amor que si fuese propio, luchar por difundirlo, llevarlo al extranjero. Gente con principios, generosa y valiente: Lipkin, Sajarov y Voinóvich.En Vida y destino se narran, entre otras infinitas cosas, la Segunda Guerra Mundial y la defensa de Stalingrado. Pero eso corresponde únicamente al marco de la novela, donde se hace el mejor retrato posible del sutil y selectivo antisemitismo staliniano (y no olvidemos que Grossman era judío), del pragmatismo del Padrecito en contradicción con la ineficacia y el horror de los aparatos de poder, de la existencia en los campos alemanes.Es en un campo alemán de prisioneros donde se inicia el libro. "De la niebla emergió el recinto del campo: filas de alambradas tendidas entre postes de hormigón armado. Los barracones alineados formaban calles largas y rectilíneas. Aquella uniformidad expresaba el carácter inhumano del enorme campo", reza el quinto párrafo. Y el sexto: "Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos... La vida se extingue allí donde existe el empeño en borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia".