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PEQUEÑOS MONSTRUOS

¿Por qué matan los más pequeños?

El crimen por mano de un niño pone de relieve los males de la educación, del comportamiento de los adultos, de su falta de atención y cuidado. Por eso suele inventarse con frecuencia lo del "hecho accidental" (...) Las más de las veces la muerte provocada por un niño suele maquillarse como resultado de algo imprevisible o inevitable.

El crimen por mano de un niño pone de relieve los males de la educación, del comportamiento de los adultos, de su falta de atención y cuidado. Por eso suele inventarse con frecuencia lo del "hecho accidental" (...) Las más de las veces la muerte provocada por un niño suele maquillarse como resultado de algo imprevisible o inevitable.
Detalle de la portada de PEQUEÑOS MONSTRUOS.
El homicida más joven del que se tiene noticia no pertenece a un país perdido en el mapa, subdesarrollado y miserable. (...) es [de] la nación más poderosa de la Tierra, el lugar de la superabundancia, el triunfo de la técnica y los avances científicos: Estados Unidos de América. Allí se ha dado el caso de un pequeño de tres años que ha disparado contra otro de dos, llamado Willis Hills, en Tampa, Florida, hiriéndole de gravedad en la cabeza (...) Según las explicaciones urgentes de los adultos, fue herido al dispararse "accidentalmente el arma" (...) Para las autoridades se trató de "un trágico accidente". Mucho mejor esto que reconocer que los instintos dominadores del "pequeño matón" le hicieron disparar contra el que consideraba su adversario.
 
Cierto que a tan corta edad es difícil establecer qué grado de percepción tiene un ser humano. Pero resulta evidente que dispone de las facultades para distinguir un arma de todo lo demás del entorno y es capaz de apretar el gatillo. Un dato más: la única forma de que el proyectil se inserte en la cabeza de otro es que el cañón le esté apuntando. Hay una posibilidad entre millones de que todo sucediera por casualidad: el arma estaba en un lugar inadecuado, cargada, el niño golpeó el gatillo sin querer, el cañón apuntaba a la cabeza del otro… [Pero] hay una posibilidad más real de que el frustrado homicida de tres años, por un impulso que sólo los expertos, si lo buscan, podrán determinar, se hiciera con el arma sabedor de lo que era capaz de hacer y apuntara con ella al amigo con el que jugaba. ¿No nos sorprenden los niños pequeños con sus sonrisas y sus aciertos? ¿Por qué no pueden sorprendernos con su agresividad o sus impulsos de dominación?
 
En un mundo que no quiere reconocer el mal ejemplo que da a sus retoños, decir que los niños de tres años, según puede comprobarse, son capaces de elegir un arma y disparar más allá de un simple juego parece una herejía. No obstante, la realidad es tozuda, porque precisamente se impone en una sociedad compleja, presidida por los intereses económicos, la competitividad feroz y el afán de dominio, y no en una tribu perdida, donde se dan casos de homicidas casi lactantes, algo que debería hacernos reflexionar sobre la pirámide de valores que se traduce en una mala influencia, en la que crece el niño rodeado de estímulos negativos.
 
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Angelina Ashley: BROKEN DOLL (detalle).Desde luego, los adultos son culpables del comportamiento delictivo de los niños, por eso tratan de disfrazarlo o taparlo. Llegan incluso a tratar a los pequeños como bestias irracionales: cualquier cosa con tal de no admitir que han engendrado en ellos un impulso homicida. Como es sabido, no sólo los padres de los pequeños, sino la sociedad en su conjunto, reaccionan de forma hipócrita y falsa a la hora de analizar un crimen protagonizado por niños. Están dispuestos a indagar la responsabilidad de quien dejó el arma al alcance de los pequeños, pero no la culpa del que disparó. ¿Quién dejó a su alcance la idea de matar? No quieren saberlo. Es mejor que la cosa quede en un juego de niños.
 
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Suecia, otro país desarrollado, puntero en la lucha por los derechos humanos y el bienestar social, registra igualmente niños asesinos de muy corta edad. En agosto de 1998, en Arvika, dos hermanos de cinco y siete años dieron muerte por estrangulamiento a Kevin, un pequeño de cuatro, hecho que sólo se descubrió tras dos meses de ardua investigación. Es decir, que los asesinos no sólo cometieron el crimen, sino que trataron de ocultarlo, comportándose como verdaderos delincuentes adultos.
 
Lo curioso es lo que dijo el comisario Rolf Sandberg para explicar la muerte de Kevin. Recurrió al tópico mundialmente aceptado: "Fue consecuencia de un juego", dijo. Y añadió: "Se trataba de decidir quién mandaba". Más allá del topicazo para abúlicos, el policía pone el dedo en la llaga: los niños mataron por algo que suele ser motivo de guerra, disputa y asesinato sin cuento. O sea que mataron por lo que se suele matar. ¿Qué diferencia hay, por tanto, además del escándalo de la edad temprana, entre un asesino adulto y uno menor? Matan por las mismas cosas.
 
Los niños se estaban acometiendo tratando de establecer la supremacía, como los alemanes y los aliados en la Segunda Guerra Mundial, los rojos y los nacionales en la guerra española, los caballeros que se enfrentaban en duelo, como ha sucedido desde el principio de la humanidad, cuando la pelea dio con Kevin en tierra, donde los hermanos homicidas aprovecharon para estrangularlo con la rama de un árbol. En la indagación subsiguiente se descubrió que también le pisaron la garganta.
 
El comisario, hijo de una civilización de la que se siente orgulloso, tras horrorizarse por la acción de los pequeños monstruos, dictaminó que necesitaban atención psicológica y reclamó la intervención de los asistentes sociales. Esas acciones lavan la culpa de la cloaca social. No sólo los inimputables son los propios niños delincuentes, sino que la sociedad les exonera, a la vez que se libra de su propia culpa.
 
Pese a ello, el comisario no actuó a la ligera y en su trabajo pudo recabar que había signos suficientes para determinar que el niño de siete años "comprendía lo que hacía". Todavía más: "Incluso hay indicios de que el de cinco años también sabía lo que hacía". Con estas evidencias, que en el caso de adultos los habría hecho reos de asesinato, el asunto de los niños no es tal, sino sólo "un juego que ha acabado mal". Es decir, que los niños, aunque sepan lo que hacen, sólo matan cuando juegan. O mejor, la muerte es sólo un juego para la infancia.
 
Siguiendo con su indudable asesinato, los hermanos suecos arrastraron el cuerpo del adversario hasta dejarlo semioculto junto a un lago, donde también depositaron la rama de árbol que fue arma del crimen. Eso complicaría mucho la investigación, que primero trató de capturar a un presunto obseso sexual y luego señaló a hijos de inmigrantes como posibles autores; todo antes de reconocer que el mal crece en la avanzada sociedad sueca, entre retoños de ciudadanos llenos de privilegios, de protección social, educación y calidad de vida.
 
Los jóvenes mataron y ocultaron el cadáver: quizá jugaban a escapar del castigo, que es algo a lo que también jugaba mucho Al Capone, que dicho sea de paso fue un niño con problemas. Pequeño equivocado, que aprende a matar en sus juegos, según la hipócrita sociedad del bienestar.
 
En un ambiente menos opresivo por las maneras y el disimulo constante de las democracias occidentales, un niño ruandés de nueve años confesó ser el autor de varios asesinatos de pequeños. Entre sus víctimas hubo varias a las que torturó. En su caso está claro que la influencia llega del entorno, puesto que los hechos tuvieron lugar durante el genocidio reciente de la guerra de hutus y tutsis, olvidado por los pueblos civilizados que se miran el ombligo. En 1994 se produjeron unas 800.000 muertes. El padre del homicida fue a la cárcel por haber participado directamente en la matanza.
 
En noviembre de 1999, en la prefectura de Cyangugu, el criminal de nueve años confesó el asesinato de una niña de tres, a la que liquidó a pedradas y bastonazos. Luego arrojó el cuerpo al retrete. Radio Ruanda informó de que el pequeño dijo haber cortado el cuello de otra víctima, estrangulado a una tercera y ahogado a otras. Tal y como lo explicó, el ruandés coincidió con la crème de la crème del crimen: "Cuando los mataba, una fuerza en mi interior me empujaba a hacerlo".
 
Los adultos que más han matado en la historia no se olvidan de echarle la culpa a una fuerza que les nace de dentro. Es decir, un impulso común a los homicidas de cualquier edad. Como no podía ser menos, una vez reconocido el hecho, autoridades, vecinos, familiares directos y demás parientes tratan de endosar el mochuelo a algún evento ajeno a la educación, el buen ejemplo, el cuidado y la atención que los niños precisan por el mero hecho de nacer. En este caso es preciso dar por bueno que tienen una excusa: está traumatizado por lo que vivió durante el genocidio.
 
Puede decirse que en un desastre de esta magnitud hubo muchos niños con traumas que no se convirtieron en asesinos. O más claramente, que sólo matan los que desarrollan impulsos homicidas, cosa que sucede en cualquier sitio, a cualquier edad.
 
Los estudiosos de la violencia infantil sostienen que existe un fenómeno en espiral que consistiría en que un niño objeto de malos tratos traslada esto a otros niños, a los que viola o mata mientras se agrava su propio trastorno. Veremos que hay ejemplos claros de este comportamiento, aunque no explica en su totalidad el fenómeno del asesinato entre los más pequeños.
 
¿Qué existencia llevan los pequeños antes de matar? ¿De quién aprenden la dureza de corazón que lleva al asesinato? En noviembre de 1998, en Río de Janeiro, Brasil, una niña de diez años reconoció haber dado muerte, por ahogamiento, a un amigo de cuatro con el que se estaba peleando, como siempre, en el transcurso de un juego. Harta de su resistencia, le empujó a un riachuelo, donde le mantuvo la cabeza bajo el agua hasta que expiró.
 
Llega el momento de establecer algunas líneas generales: los criminales de corta edad pueden ser tanto niños como niñas, aunque son más los varones que las hembras, (...) como sucede entre los adultos. Se establecen diferencias entre el simple homicidio, o muerte sin intención de matar, y el asesinato o crimen intencionado. Sucede en distintos puntos del globo, con un hecho común: la excusa de que se trata de un juego. Primera regla de oro: la muerte nunca es un juego.
 
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Edvard Munch: EL GRITO.Los asuntos criminales se agolpan en distintos países y en edades parecidas. En Bristol, al oeste de Inglaterra, en enero de 2000 un niño de 12 años fue puesto a disposición judicial acusado del asesinato de su hermanito, de seis meses. El cuerpo del bebé fue hallado en Hartcliffe, un barrio pobre de la ciudad, con múltiples heridas de arma blanca. Aunque fue rápidamente atendido, nada se pudo hacer por él. Ingresado en el hospital, se certificó su fallecimiento.
 
El arma del crimen fue hallada muy pronto. La policía inició una investigación el mismo miércoles, 19 de enero, que dio como resultado la detención del menor, que en Inglaterra tiene derecho al anonimato. Le preguntaron si entendía los cargos presentados contra él y contestó que sí. Vivía, con su madre y otros cuatro hermanos, en la casa donde sucedieron los hechos. En opinión de los vecinos, formaban una familia unida y normal.
 
El inspector encargado del asunto dijo que se trataba de un caso muy trágico. El muchacho fue enviado a un centro de acogida.
 
En el Reino Unido la responsabilidad penal está fijada en los diez años, y el asunto generó una intensa polémica sobre qué tipo de juicio aplicar a un asunto como éste, de un bebé apuñalado, supuestamente, por su hermano, que en ese momento tenía 12 años.
 
Debido al secretismo que genera la vergüenza social de los asesinos más jóvenes, las circunstancias del crimen no fueron difundidas en un primer momento. Puede que el chico apuñalara a su hermano porque lloraba sin parar, o porque le había robado la atención de los padres y hermanos, o por cualquier otro motivo. Lo que es innegable es que se procuró un cuchillo y lo hundió en el cuerpo indefenso hasta quitarle la vida.
 
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(...) el asesinato entre pequeños es un hecho que arranca los peores calificativos y que descoloca a las autoridades: ¿por qué ha pasado?, ¿cómo no ha podido evitarse? Incluso, en ocasiones, llegan a pensar que lo mejor es que, puesto que no pudimos evitarlo, no hablemos más de ello.
 
 
NOTA: Este artículo es un extracto del primer capítulo de Pequeños monstruos, la más reciente obra de Francisco Pérez Abellán, que acaba de publicar Ediciones B.
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