Tenemos, por un lado, las versiones audiovisuales de los reales y, por el otro, a los presidentes puramente ficticios. Entre los primeros, me decanto por el Lincoln de John Ford. Entre los segundos, destacaría al Palmer de las dos primeras temporadas de
la serie televisiva 24 y al candidato Arnold Vinick de las últimas temporadas de
El ala oeste de la Casa Blanca.
Próximamente se rodarán, si todo sale según lo previsto, dos nuevas visiones de Abraham Lincoln: la ortodoxa correrá a cargo de Steven Spielberg, y la excéntrica será cosa de Tim Burton, que hará de Abe
un caza-vampiros (por cierto, en
Libertad Digital hubo en fechas recientes un interesante debate sobre el presidente abolicionista y unificador, entre el
hagiógráfo Manuel Pastor y el
irreverente José Carlos Rodríguez). Serán dos nuevas aportaciones a la filmografía recogida en
Todos los filmes del Presidente, libro editado por el profesor de Derecho Constitucional Carlos Flores Juberías. El ciclo cinematográfico que organizó el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad en paralelo a la campaña electoral que llevó la presidencia a Barack Obama dio lugar a que varios estudiosos de lo político y lo cinematográfico escribiesen una serie de textos relacionados con las películas que han puesto el foco en la Presidencia norteamericana.
En la filmografía mencionada cuento hasta cinco películas con George Washington como protagonista.
John Adams protagoniza dos; tres, Jefferson; seis, Lincoln; dos, Theodor Roosevelt; cuatro, Franklin D. Roosevelt, Kennedy y Nixon; Clinton y George W. Bush, una. Y ya estará Will Smith preparándose para hacer de Obama...
El libro que nos ocupa es la recopilación de los artículos que sirvieron de acompañamiento a la proyección de algunas de las películas seleccionadas en el referido ciclo. No hay que lamentar la falta de exhaustividad, porque lo que importa aquí es el acierto en la selección. En este sentido, configura una buena introducción el visionado de películas como
Abraham Lincoln (1930, David W. Griffith),
Wilson (1944, Henry King),
Truman (1995, Pierson),
Trece días (2000, Roger Donaldson),
Nixon (1995, Oliver Stone),
Colores primarios (1998, Mike Nichols) y las reflexiones asociadas de un conjunto muy competente de profesores y críticos cinematográficos.

¿Por qué nos resultan tan fascinantes los presidentes estadounidenses? Habrá más españoles que sepan quién fue Truman que Canalejas, a los que les suene más Lincoln que Cánovas del Castillo. En primer lugar, claro, porque Estados Unidos es el país más poderoso del planeta. En segundo lugar, y esto ha sido poco apuntado en general, porque desde sus meros inicios se ha dado en EEUU un cierto culto a la personalidad del Presidente, que tuvo en el tributado a George Washington su máxima expresión, por mucho que el propio GW tratara de cortarlo de raíz. En ningún otro lugar, excepción hecha de los países dictatoriales, existe esa veneración por las figuras políticas esenciales: no hay sino pensar en los majestuosos monumentos que se les han erigido en la capital, ¡Washington!, o en las faraonicas representaciones del monte Rushmore.
Como apunta el coordinador de la selección:
El nombre de cada uno de los cuarenta y tres presidentes que ha tenido los Estados Unidos está –por definición– ligado a la palabra poder. Pero las más de las veces lo ha estado también a palabras como esfuerzo, desafío y éxito; a menudo a términos como guerra, conflicto y crisis, y en no pocas ocasiones a fracaso, tragedia y hasta escándalo.
Es decir, el jefe del Estado es también el dirigente político, el jefe de las Fuerzas Armadas y, además y sobre todo, el líder espiritual de la nación. En definitiva, es la encarnación del sueño americano, de su proyecto nacional. Por eso la importancia simbólica de Washington y Lincoln. Porque el primero puso en marcha la nación americana, pero fue Lincoln el que la consolidó. No por casualidad David Wark Griffith llamó
El nacimiento de una nación a su mítica representación de la Guerra de Secesión. Porque fue en la guerra de unificación de 1861 y no en la de Independencia de 1776 cuando los Estados Unidos se constituyeron finalmente como una nación-Estado autoconsciente.
En general, y salvo el Nixon de Stone, las películas sobre los presidentes muestran lo que Fernando Barahona subraya en el caso del Wilson de Henry King:
y tienen un marcado interés político en cuanto le hacen a uno pensar en las cuestiones fundamentales que plantea Colores primarios, según Carlos Flores: