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JEFE DE ESTACIÓN FALLMERAYER

Un cuento sencillo

Este es un librito que se puede leer de tapa a tapa mientras se espera que acabe de hacerse el pollo a la provenzal (preferiblemente en una olla de Le Creuset). Y cuando se ha acabado de leerlo (ya se han retirado las presas de pollo, pero aún queda por reducir la salsa) es inevitable preguntarse por qué a ningún editor español se le ha ocurrido reunir en un volumen las ficciones cortas de Joseph Roth.

Este es un librito que se puede leer de tapa a tapa mientras se espera que acabe de hacerse el pollo a la provenzal (preferiblemente en una olla de Le Creuset). Y cuando se ha acabado de leerlo (ya se han retirado las presas de pollo, pero aún queda por reducir la salsa) es inevitable preguntarse por qué a ningún editor español se le ha ocurrido reunir en un volumen las ficciones cortas de Joseph Roth.
Joseph Roth.
Tampoco son tantas: dieciocho en total, si nos fiamos de las obras completas en seis tomos editadas por Fritz Hackert y Klaus Westermann (Kiepenheuer & Witsch, 1989-1991). Sólo cuatro fueron publicadas en volumen en vida de Roth o póstumamente: Abril. Historia de un amor (1925), El espejo ciego. Una novela corta (1925), La leyenda del Santo Bebedor (1939) y Leviatán (1945). Jefe de estación Fallmerayer, que Acantilado nos ofrece ahora en edición exenta, sin contextualizar ni decirnos algunas cosas de interés –por ejemplo, que en vida de su autor no fue publicada en edición exenta–, es un cuento sencillo. Como puede serlo Un corazón sencillo, de Gustave Flaubert, el escritor que Roth más admiraba. Tanto que, a la vista de la notoriedad de La marcha Radetzky –publicada en 1932, un año antes que Fallmerayer–, Roth se atrevió a plagiar al maestro normando diciendo aquello de: "Der Leutnant Trotta, der bin ich".

Soy muy mala resumiendo argumentos de ficciones, pero ahí va, mientras dejo reposar un poco la salsa. Jefe de estación al sur de Viena desde 1908, Adam Fallmerayer lo tiene todo para cumplir su previsible destino de funcionario de los ferrocarriles austriacos: casado, con dos hijas gemelas, "la vida asegurada desde el punto de vista material y derecho a una pensión". Una noche de lluvia de la primavera de 1914, el tren expreso que conduce a Merano descarrila poco antes de pasar por su estación. Fallmerayer ayuda en las tareas de rescate de los heridos, entre los que se encuentra una rusa de los alrededores de Kiev, la condesa Anja Walewska.

Durante una semana, mientras la sobreviviente se recupera, le ofrece la hospitalidad de su hogar. Estalla la guerra en agosto, Fallmerayer se incorpora a filas. Ha retenido el nombre de la propiedad de la condesa, al sur de Kiev. Se presenta, la condesa no lo reconoce inicialmente. Ha estallado otra guerra, la Revolución Rusa. Fallmerayer ayuda a la condesa a huir, y acaban viviendo juntos en una villa de los Walewski en Monte Carlo. El antiguo jefe de estación tiene cuarenta y cinco años y siente que su destino, al fin, se ha cumplido: ama y es amado, la condesa espera un hijo de él. En esas reaparece el conde Walewski, que ambos daban por muerto: había luchado valerosamente en las filas de la contrarrevolución de los zares, y ahora es un inválido en silla de ruedas. "Después –reza el capítulo XIII y último de esta ficción–, Fallmerayer partió. Nunca más se ha vuelto a saber nada de él".

Como sucede en otras ficciones de Roth, lo apreciable en Fallmerayer es la lenta, casi imperceptible pero inexorable erosión de la realidad objetiva por la predisposición del personaje a interpretarla y vivirla de acuerdo a unos deseos de los que no es plenamente consciente. Fallmerayer, el personaje, parece guiado únicamente por el deseo de poseer a una mujer, sin importarle que no sea su esposa o abandonar a ésta y a sus hijas. Pero Roth tiene la suprema inteligencia de no moralizar su relato: lo que le interesa es exponer una de las formas más comunes y sin embargo insondables de ambigüedad. Cómo es posible ser a la vez pragmáticamente egoísta e irremediablemente idealista. De manera aún más clara que en Un corazón sencillo, en este brevísimo y límpido cuento se nos dice que el destino no es otra cosa que la suma de nuestras ilusiones, un engaño sublime que a Félicité la conduce a adorar un loro disecado y ver en él al Espíritu Santo, y al jefe de estación Fallmerayer a fiarlo todo a esta ley, que él cree inexorable: "Es imposible que un ser humano se vea arrastrado hacia otro de una manera tan irresistible y que el otro permanezca ajeno".

Como suele suceder con Roth, sus personajes saltan al vacío, pero no sabemos qué es de ellos después de la caída. En este sentido, son los ancestros directos de los de Robert Musil, que plantea siempre el problema del destino después de la catástrofe. Fallmerayer es un individuo con pocos y confusos ideales, captado justo en el momento en que los pierde todos y se convierte, previsiblemente, en un hombre sin cualidades.

De resto, es un placer siempre reencontrarse con el más grande periodista borracho de Austria-Hungría. Entre otras cosas, porque no le inflige al lector alusiones ni citas. Una escritura que es pura observación y reflexión. Como decía Cabrera Infante, "Roth nunca cita nada, y es que no leía más que los periódicos del día, y sí solía citar el axioma de Karl Kraus, (...) que decía: Un escritor que se pasa el tiempo leyendo (a otros autores) es como un camarero que emplea su tiempo comiendo".

Lo que me recuerda que ya es hora de servir el pollo a la provenzal. Y de seguir preguntándome por qué los editores españoles no editan de una vez toda la narrativa breve de Roth.


JOSEPH ROTH: JEFE DE ESTACIÓN FALLMERAYER. Acantilado (Barcelona), 2008, 57 páginas.
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