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UN AÑO EN EL ALTIPLANO

Una vez más, carne de cañón

Soldado, político, escritor. Emilio Lussu (1890-1975) fue un personaje complejo: defensor de la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial, cofundador del Partido Sardo d'Azione (que tuvo una relación de atracción-repulsión con el Fascista), fue uno de los artífices del movimiento Justicia y Libertad; brigadista en nuestra guerra civil y escritor de manuales de insurrección o de pacifismo, según calentara el sol.


	Soldado, político, escritor. Emilio Lussu (1890-1975) fue un personaje complejo: defensor de la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial, cofundador del Partido Sardo d'Azione (que tuvo una relación de atracción-repulsión con el Fascista), fue uno de los artífices del movimiento Justicia y Libertad; brigadista en nuestra guerra civil y escritor de manuales de insurrección o de pacifismo, según calentara el sol.
Emilio Lussu.

Se puede cuestionar la actitud de Lussu hacia la guerra, pero el valor literario de su libro Un año en el altiplano resulta incontestable. Lo compuso entre 1936 y 1937 en un sanatorio de Clavadel, donde se recuperaba de una grave enfermedad pulmonar. No es una novela, ni un recuento de hechos históricos, ni una obra de tesis, sino un "testimonio italiano de la Gran Guerra"; una obra que, según la crítica, adquirió pleno sentido años después de su publicación, cuando sintonizó con los movimientos sociales y culturales anti-bélicos posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Un año en el altiplano abunda en las vivencias bélicas de Lussu, primero como oficial de complemento y finalmente como capitán en la Brigada Sassari, enviada a la región de Asiago a detener el avance de las tropas austríacas hacia Verona. Se trata de un reportaje fruto de la experiencia propia y de la de miles de soldados de infantería que, ahítos de coñac ("Y llegó el coñac, mucho coñac: así, pues, estábamos en vísperas de entrar en acción"), se enfrentaban a una guerra de trincheras utilizando cuchillos y bayonetas en lugar de armas de fuego. Es una escritura descarnada ("Toda nuestra artillería había caído en manos del enemigo: a nosotros ya no nos quedaba una pieza siquiera en todo el altiplano") e irónica ("En el batallón éramos pocos los que sabíamos que en los días de combate él [se refiere al mayor al mando de una operación] solía ponerse una coraza"), en la que lo mismo se subraya la irracionalidad y la falta de sentido de la guerra, que se transcribe negro sobre blanco la miserable dotación de las tropas ("Una trompeta, hecha con una cafetera de lata, dio la señal de firmes, a la que respondió el acorde de los más variados instrumentos") o el valor y la lealtad de los soldados:

El alcalde, civil profano, no imaginaba que aquella modesta alusión suya al Soberano pudiera provocar una demostración tan fragorosa de lealtad constitucional.

Por más que Lussu afirme haberse despojado de la experiencia de los veinte años que mediaron entre la guerra y la redacción de Un año en el altiplano (con el fin de "evocar la guerra tal como la vivimos realmente, con las ideas y los sentimientos de entonces"), ni el punto de vista ni la mirada emanan de una escritura a pie de cañón o factual. El tiempo ha pasado, lo quiera o no el autor, y la memoria de alguien que puso en riesgo su vida ("¡Qué lejos estaba la vida de nosotros!") durante cuatro años y vio morir a cientos de correligionarios no ha quedado incólume ("De lo que sucedió en aquel encontronazo nunca he conservado un recuerdo claro. Aquel olor a coñac me había aturdido..."), como reconoce el propio Lussu en algún momento.

Aquí no hay sólo memoria y recuento de anécdotas propias y ajenas (algunas de ellas tan duras como las dedicadas a las actuaciones caprichosas, dictatoriales e irracionales del general Leone, capaz de ordenar un asalto sin contar con "una sola pieza de artillería en el altiplano", de poner en riesgo la vida de un oficial inútilmente o de mandar el fusilamiento de un soldado que había gritado "¡Alto!" para detener la marcha y comprobar la seguridad del terreno); también hay sutileza y una ironía distante que da pie a reflexiones de carácter ético o filosófico:

La muerte es un acontecimiento normal y se muere sin espanto, pero la conciencia de la muerte, la certeza de la muerte inevitable, vuelve trágicas las horas que la preceden.

A pesar de las críticas y los reparos, a pesar del miedo y, sobre todo, a pesar de las actuaciones de los mandos superiores de aquel ejército, Lussu justifica la intervención italiana en esa guerra desde el punto de vista moral y desde el político: era "una dura necesidad, terrible, desde luego", pero necesidad al fin y al cabo; "una de tantas necesidades, ingratas pero inevitables, de la vida".

 

EMILIO LUSSU: UN AÑO EN EL ALTIPLANO. Libros del Asteroide (Barcelona), 2010, 243 páginas. Traducción de Carlos Manzano.

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