![]() | Galaxia Gutenberg acaba de publicar Sea breve, por favor. Pensamientos y recuerdos, una suerte de memorias del que fuera presidente de Checoslovaquia (y de Chequia) tras la Revolución de Terciopelo: Václav Havel.
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No creo que en mi vida se pueda encontrar ningún cambio claro entre los tiempos en que no me ocupaba de la política y la época en la que me dediqué a ella. Hasta cierto punto, de hecho, siempre me consagré a la política o a los asuntos públicos y siempre, incluso como mero escritor, fui un fenómeno político. Así funcionan las cosas en condiciones totalitarias.
Por sus páginas desfilan nombres de otros protagonistas del final del siglo XX: Milan Kundera, Václav Belohradsky, Adam Michnik, Gorbachov (a juicio de Havel, sólo quería levantar un poco la tapa de la olla a presión que era la Unión Soviética, pero no cayó en la cuenta de que situaciones como aquélla la tapa sale disparada... y para siempre), el papa Juan Pablo II ("Me atrevo a decir que éramos amigos"), John Major, el presidente alemán Weizsäcker, Boris Yeltsin o Lech Walesa ("Doy prioridad a una política que sale del corazón y no de alguna teoría [...] Un electricista de corazón en el lugar adecuado puede influir en la Historia de una Nación"). Al recordar sus encuentros con el presidente ucraniano Yuschenko, hace una reflexión sobre las fronteras culturales de Europa y Occidente frente a la alteridad de Eurasia; y lúcidamente pone el dedo en la llaga sobre lo que denomina "el postcomunismo" en las antiguas repúblicas soviéticas que no han tendido a un sistema realmente abierto, sino a lo que denomina "capitalismo mafioso" o "democracia mafiosa". Por ello, su futuro es incierto.En los últimos quince años he tenido la oportunidad de convencerme de la importancia, en un Estado democrático, de que la política no sea una mera tecnología del poder, sino que dé un verdadero servicio a los ciudadanos; un servicio, a poder ser, desinteresado, fundado en ideales concretos y que atienda al orden moral por encima de nosotros, que perpetúe los intereses de la raza humana a largo plazo y que no sólo le inquieten las preferencias de la sociedad del momento; en definitiva, que se niega a convertirse en un mero juego de diversos intereses particulares o fines pragmáticos tras los que finalmente se esconde un único objetivo: el afán de mantenerse en el timón a cualquier precio.
Actúo conforme a mi conciencia y sentido de la justicia, y me incumbe expresar, mediante mis actos, mi parecer en calidad de Jefe del Estado. Si esta opinión se rechaza por votación, me inclino ante la sabiduría del Parlamento, que no es sino la de la ciudadanía. Sin embargo, mi responsabilidad es actuar, si lo considero necesario, contra este sentido común aunque teniendo en cuenta que, si éste prevalece, como demócrata respetaré su decisión.